martes, 13 de septiembre de 2011

Cuento de las palabras


Mi gran secreto amerita una buena cerveza

Una tarde de primavera, mientras leía historietas, comía galletas y tomaba leche de soya; recibí una llamada con un tono misterioso, pues era Teresa la” negra mañosa” a quien había conocido aquella noche en el baile que se formó frente al motel de Josué y que casualmente vivía al frente de mi departamento; ella me dijo: mira para mi ventana y verás mi facultad sexual… yo, con semejante retraso obsceno que tenía en mi cabeza, me dirigí hacia mi casillero  para sacar los tiquetes que me regaló Esteban aquel día en el Kiosco frente al Colombo, donde tomamos tinto para no dormirnos en el trabajo y decidí gastarlos en cuanto la conversación subiera de nivel. Pues si ella me estaba provocando, yo tenía que provocarla también. 

Mientras le hacía la propuesta a la negra, ya había escuchado un sí rotundo; sin embargo, hubo un inconveniente, ya que ella, al mostrarme su talento erótico en el momento que se tocaba su más ardiente órgano, sus anillos se enredaron con su sistema de planificación y prevención reproductora complicando el momento y generando una situación algo comprometedora.

Cuando sucedía todo esto, sonó mi segunda línea y era Marcela, mi novia, quien llamó a recordarme la cena del fin de semana con sus padres y el gigante compromiso que significaba eso para ella.

Al seguir en línea con Teresa, ella había entrado en pánico, ya que su mano estaba más adentro y enlazada  - no lo podía creer -, al seguir forzando con movimientos tan extremos, ella se tropezó con la ventana, cayendo por la misma y sin poder hacer nada para evitar su muerte.

Esta historia no continuará.

Por: Andrés Velásquez.
     

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